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Alberto Moreno



Luisito tiene 6 años de edad y vive en un poblado, arriba en las montañas de Coclé. Un lugar aislado, pobre y olvidado. Sentado sobre una piedra observa a sus amiguitos jugar futbol. Ha estado sentado allí por más de media hora viendo el partido. Solo él sabe de su ansiedad por participar, los demás, solo se interesan en meter un gol. Una lágrima se escurre por su mejilla y con disimulo la limpia. Nadie debe verla. No quiere que sepan cuánto lo agobia no poder jugar por tener aquella horrible cicatriz en su pierna derecha que lo imposibilita a estirarla. Y aunque ya lleva dos años con ella no puede olvidar el dolor que le produjo quemarse con fuego. Y nadie lo puede ayudar. Pareciera que así se quedará el resto de su vida. Será siempre un cojo con una pierna engarrotada, a menos que ocurra un milagro. ¿Ocurren los milagros?, se preguntaba Luisito, sentado solo sobre esa piedra.

/images/ff_17_1.jpgUn día su madre se entera de que hay un grupo llamado Operación Sonrisa, en el que hay médicos que operan gratis a niños con labio y paladar hendidos, y si hay suerte y tiempo, podrían operar también otros casos. Y así, se llena de esperanza y decide acudir al lugar en el que están seleccionando niños. Casi listo para cerrar la programación de los niños escogidos, de repente apareció Luisito con su madre. Al ver la gran cicatriz retráctil por detrás de su rodilla que, efectivamente, le impedía estirar la pierna, decidí incluirlo en la programación. Operaría a Luisito el primer día de cirugía, ya que necesitaba tiempo para revisar la evolución del injerto de piel que debía colocarle. Antes de dormirse le pregunté qué quería de regalo de navidad.

—Solo deseo poder correr y jugar con mis amiguitos— me contestó, en tanto apretaba mi mano— No quiero ningún juguete, solo poder correr, doctor.

La misión terminó a la semana y Luisito fue dado de alta sin complicaciones.

Un año después, mientras revisaba a los niños de una nueva misión sentí que me halaban el pantalón. No le puse mayor atención, ya que había muchos niños retozando de un lugar a otro. De pronto sentí que lo volvían a halar. Una vez, dos, tres veces. Intrigado, dejé de ver lo que tenía enfrente y pude ver a un niño con pantaloncitos cortos que corría a toda velocidad esquivando a los que estaban frente suyo. Desde mi puesto pude ver su pierna derecha. No había duda de que tenía un injerto de piel. Era Luisito, que en su manera me decía que por fin podía correr.



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